Capítulo 4

Pasaron una tarde muy emocionante explorando el castillo. En varias ocasiones, Lord Seabrook tuvo que ausentarse pero Lolita y Simón continuaron solos.

Sin lugar a dudas, aquel era el castillo más fascinante que ella había visto.

Pero, tal y como ella misma admitió, en realidad no había visto muchos.

Lolita y Simón tomaron el té a solas en el salón de clases, el cual resultó ser aún más agradable de lo que ella había esperado.

La habitación en sí era grande.

En un armario se encontraban varios soldados de juguete y un castillo con los cuales el padre y el tío de Simón jugaron de pequeños.

Simón estaba fascinado con todo aquello.

Lolita pensó que los dormitorios eran muy cómodos.

La señora Shepherd le dijo que el más grande era para ella.

El más pequeño, localizado al otro lado del salón de clases, era más apropiado para Simón.

—Era allí donde había dormido su padre —dijo ella—, y creo que a él le gustarán los cuadros que no se han cambiado durante todos los años que la habitación ha estado desocupada.

Simón estaba contento de estar en cualquier parte siempre y cuando estuviera con Lolita.

Ella se dio cuenta de que el siempre la estaba buscando.

Aunque se sentía feliz de ir a alguna parte con otra persona, siempre regresaba con ella.

Era como si pensara que era allí donde debía estar.

Lolita consideró que el aire fresco le sentaría bien a Simón, por lo que ellos bajaron al lago una vez más.

El niño arrojó piedras y Lolita le enseñó cómo hacerlas saltar.

Poco después regresaron para tomar el té que les fue servido en el salón de clases.

Lolita recordó que por lo general las institutrices comían con sus patrones porque los niños estaban presentes.

Para la cena ella estaba a solas en el salón de clases.

Por lo tanto, Lolita no se sorprendió cuando Lord Seabrook mandó llamar a Simón después del té y el lacayo le dijo:

—Su señoría quiere darle las buenas noches al joven Simón.

No había ninguna indicación de que ella debería ir también, por lo que esperó en el salón de clases hasta que Simón regresó.

El pequeño retornó muy emocionado.

—Tío James me anunció que mañana van a traer un pony para mí y que voy a aprender a montarlo.

—¿No has montado antes? —preguntó Lolita.

—Algunas veces monté un caballo de papá, pero cuando él murió nos fuimos a vivir a Londres y allí no había caballos.

Simón parecía triste al respecto y a Lolita aquello le pareció una buena señal.

Estaba segura de que era muy importante que a Simón le gustara montar tanto como les había gustado a su padre y a su tío.

No se había olvidado de que Lord Seabrook le había dicho que ella podía montar también.

Estaba esperando el momento con ansiedad, pero al mismo tiempo recordaba que no tenía un traje adecuado.

Había sido un día largo y ella acostó a Simón temprano.

Éste se quedó dormido casi antes de que ella lo dejara solo.

Cuando entró en el salón de clases, se encontró con la señora Shepherd allí.

—Esperaba poder verla —dijo Lolita—, porque su señoría me dijo que quizá usted tuviera alguna ropa para Simón. Él sólo tiene lo que trae puesto y una camisa nueva que yo le compré porque la suya estaba manchada.

—Ya me enteré de lo mal que esa horrible mujer lo trataba —comentó la señora Shepherd—. Yo no podía creer que una mujer que se haga llamar a sí misma lady pueda comportarse de esa manera.

—Estoy de acuerdo con usted que fue horrible —admitió Lolita— y por eso es muy importante que Simón se interese en cosas nuevas para que así pueda olvidar todo lo que ha sufrido.

—Me da mucho gusto que lo tengamos aquí —manifestó la señora Shepherd—, y espero que eso haga que su señoría deje de prestarle atención a esa dama que parece empeñada en quedarse aquí para siempre.

Lolita pensó que aquello sonaba un tanto extraño.

Sin embargo, ella quería mantener la atención de la señora Shepherd en lo que ella necesitaba.

—Su señoría ha sido tan amable como para decirme que puedo montar con Simón —indicó Lolita—, pero comprenderá usted que como vine de prisa no tengo un traje de montar conmigo.

La señora Shepherd rió.

—Yo puedo encontrarle uno con mucha facilidad y como es usted tan delgada no habrá ningún problema.

—Es usted muy amable —expresó Lolita.

—Le diré lo que vamos a hacer. Vamos a buscar uno ahora mismo, por si su señoría decide montar mañana temprano. Por lo general, él sale a las primeras horas.

Lolita pensó que aquello era poco probable.

Pero al mismo tiempo, estaba ansiosa de tener un traje de montar a su disposición.

La señora Shepherd la condujo al tercer piso.

Allí estaban las buhardillas pero la señora Shepherd le explicó, con orgullo, que como el castillo era tan grande sólo se utilizaban para guardar cosas.

—Mis doncellas están muy cómodas en el ala oeste —dijo ella—, y el señor Barty tiene mucho espacio abajo para los lacayos.

Había una nota de satisfacción en la manera como ella hablaba.

Lolita comprendió que ella no sólo se sentía orgullosa del castillo sino que también se sentía parte integrante de él.

A menudo su madre le había dicho cómo los sirvientes de las grandes casas ancestrales suelen verlas como sus propios hogares.

Sentían que les pertenecían casi tanto como a sus amos.

—Por eso siempre tuvimos tan buenos sirvientes en casa, querida —le había seguido diciendo su madre.

—A papá debió de haberle dolido mucho tener que vender Walcott Priory —opinó Lolita.

—Aquello lo hizo sentirse muy infeliz, pero no teníamos dinero. Era una casa muy grande y nos era imposible mantenerla.

Ella suspiró antes de decir:

—Tu abuelo dejó muchas deudas que fue preciso pagar.

En la buhardilla había muchos roperos.

La señora Shepherd sabía exactamente lo que buscaba.

Encontró un buen número de ropas para Simón y que Lolita estaba segura de que le iban a quedar bien.

Además estaban unas botas para montar y un traje elegante para alguna ocasión especial. La señora Shepherd distribuyó todas las prendas sobre varias sillas.

Dijo que iba a enviar a uno de los lacayos para que las bajara al salón de clases.

—Ahora debemos pensar en usted, señora Bell —dijo ella.

Las dos entraron en otro cuarto de la buhardilla.

Allí Lolita se encontró con gran cantidad de ropa que había pasado de generación en generación.

Vestidos de novia que habían sido utilizados unos doscientos años atrás.

Disfraces que fueron la sensación de un baile y nunca más se habían utilizado.

La señora Shepherd se dirigió a otro ropero y cuando lo abrió, Lolita vio que estaba repleto de trajes de montar.

Algunos eran bonitos pero muy fuera de moda.

Los trajes de montar se habían vuelto más ajustados y con menos adornos de como se usaran a principios del siglo.

A Lolita el que más le gustó fue uno en color azul oscuro.

Estaba segura de que le iba a quedar bien.

Se probó el saco y verificó que tenía razón.

Le quedaba casi como si se lo hubieran hecho a la medida y parecía que había sido usado muy poco.

—Este perteneció a la madre de su señoría —explicó la señora Shepherd—. Ella era muy exigente en lo que a la ropa se refiere y tengo entendido que su esposo se quejaba de que milady le costaba más que sus mejores caballos.

—Supongo que ella debió de ser muy bella —dijo Lolita.

—Verá retratos de ella en el castillo —contestó la señora Shepherd— cuando observe también el retrato de su señoría actual comprenderá de dónde les viene lo bien plantados a los descendientes jóvenes.

—Simón también será muy guapo cuando crezca —afirmó Lolita.

—Lo que él necesita son otros niños con quienes compartir, pero creo que hay muy pocos en esta parte del condado.

—Quizá su señoría pronto tenga una familia —aventuró Lolita.

Para sorpresa suya la señora Shepherd lanzó una exclamación de horror.

—Espero que no —enfatizó ella—, por lo menos, no con la dama que está abajo, tratando por todos los medios de llevarlo al altar.

—¿Se refiere a Lady Cressington? —preguntó Lolita.

—¿Quién más? —preguntó la señora Shepherd—. Ella llegó aquí sin haber sido invitada y se señoría es demasiado bondadoso como para decirle que ya se quedó por más tiempo del conveniente.

—Quizá a él le agrade su compañía —sugirió Lolita.

—Eso es lo que me asusta —repuso la señora Shepherd.

Entonces, como si pensara que estaba hablando demasiado, de pronto cerró la puerta del ropero y sugirió:

—Bajaremos el traje de montar para que se lo pruebe, señora Bell, y si no le queda bien subiré a buscar otro.

Por la manera como ella habló, Lolita comprendió que hasta comentar acerca de Lady Cressington la ponía furiosa.

Una vez más aquello le pareció inusitado, pero tenía demasiado tacto como para no insistir en el tema. Las dos mujeres hablaron acerca de otras cosas.

Lolita le echó otro vistazo a los disfraces antes de bajar al salón de clases.

Buscó a Simón y encontró que ya estaba dormido.

Tenía una sonrisa en los labios.

Pensó que aquella noche era muy poco probable que el niño tuviera una pesadilla, a pesar de que no le había contado una historia.

Sin embargo, como los dormitorios de ellos no estaban uno junto al otro, Lolita dejó abierta la puerta que comunicaba el de Simón con el salón de clases.

Así, si él lloraba ella lo iba a escuchar.

Lolita también se sentía cansada después de un día tan lleno de sucesos.

A pesar de todo, no pudo resistir la tentación de probarse el traje de montar antes de meterse en la cama.

La señora Shepherd había tenido razón, pues le quedaba como si lo hubieran hecho a su medida.

Lolita pensó que se veía muy elegante con él.

También había un sombrero para acompañarlo y unas botas para montar.

—¿Cómo pude tener tanta suerte? —se preguntó Lolita cuando se dispuso para dormirse.

Se trataba de una cama muy grande y cómoda.

Pensó que Dios había sido muy bondadoso al ponerla en contacto con Simón, cuando ella se había escapado.

Jamás se le ocurrió pensar que con su aspecto físico hubiera podido tener muchos problemas con los hombres.

En lo único que pensó era en que le sería muy difícil encontrar un lugar a donde ir.

Y todavía más difícil encontrar empleo.

En aquel momento fue cuando se le ocurrió que debió de haberse escrito una carta de referencias ella misma.

De acudir a una agencia iban a pensar que era demasiado joven como para trabajar como institutriz.

O hasta de maestra de escuela.

Cuando elevó sus oraciones le dio gracias a Dios por haber cuidado de ella y no dejarla padecer por su insensatez.

—Debí de haber planeado todo con más cuidado —se dijo ella.

Pero había estado desesperada por escapar ante el temor de lo que su padrastro la pudiera obligar a hacer.

Entonces, como estaba muy cansada se quedó dormida profundamente.

La despertó la luz del sol que entraba por los lados de las cortinas.

Recordó en dónde estaba y lo bonito que se había visto el lago.

Se bajó de la cama y se asomó a la ventana.

Ahora el paisaje se veía aún más hermoso que ayer, cuando se extendía un poco brumoso sobre las montañas.

El sol brillaba sobre el agua y los pájaros volaban debajo de ella en el jardín.

«Tengo que salir», pensó Lolita. «No puedo desperdiciar ni un momento de este día tan maravilloso».

En ese mismo momento llamaron a la puerta.

Cuando la abrió, afuera se encontró con una doncella.

—Buenos días, señorita —dijo la mujer—. Su señoría pregunta si a usted le gustaría montar con él. Dice que estará listo en veinte minutos y que habrá un pony para el joven Simón.

—Por favor dígale a su señoría que me encantará montar —repuso Lolita con emoción.

Entonces salió al salón de clases y entró en la habitación de Simón.

Él estaba despierto y al igual que lo había hecho ella, miraba a través de la ventana.

—Ya no hay botes —respondió ella—, pero tu tío acaba de enviar un recado diciendo que hay un pony esperándote en las caballerizas.

Simón dio un gritó de alegría.

—Apresúrate a vestirte —dijo Lolita—. Yo te ayudaré tan pronto como me haya puesto mi ropa.

Lolita regresó corriendo a su propia habitación.

Entonces escuchó entrar a la doncella que la señora Shepherd había asignado al salón de clases.

Le pidió que ayudara a Simón mientras ella se vestía lo más pronto posible.

Al igual que el traje de montar las botas le quedaron muy bien.

Entonces eran cortas, como habían estado de moda en el pasado.

Lolita sabía que ahora algunas de las damas que montaban en Rotten Row las llevaban altas, como las de los hombres.

Las que pertenecieron a la abuela de Simón eran cómodas, aunque un poquito grandes.

Pero aquello era preferible a que le quedaran apretadas.

Ya estaba vestida y con los cabellos recogidos debajo del sombrero cuando pasó a la otra habitación.

La doncella había vestido a Simón y éste saltaba emocionado.

—Quiero ver mi pony —le dijo él a Lolita cuando ella entró—. Es muy emocionante tener un pony propio.

—Tienes que darle las gracias a tu tío por ser tan bueno contigo —le sugirió Lolita.

—No lo olvidaré —respondió Simón—. Es un tío muy bueno.

—Sí, muy bueno —estuvo de acuerdo ella.

Ambos bajaron de la mano.

Faltaban unos pocos minutos para la hora señalada por su señoría.

Él se encontraba en el vestíbulo, cuando Lolita y Simón bajaron por la escalera principal.

—Es usted muy puntual —expresó Lord Seabrook con un dejo de sorpresa en la voz.

—¿Cómo podría dejar de serlo cuando todo promete ser tan emocionante? —respondió Lolita.

—Lolo me dijo que tienes un pony para mí, tío James —intervino Simón cuando llegó al vestíbulo—, y yo tengo que decirte que estoy muy muy agradecido.

—Será mejor que esperes a verlo por si no te gusta —respondió Lord Seabrook.

—Yo siempre quise un pony propio —contestó Simón—, pero papá murió antes de que pudiera darme uno.

—Bueno, pues vamos a ver qué te parece el pony —invitó Lord Seabrook.

Él caminó hacia la puerta y Lolita lo siguió.

Cuando ellos salieron al exterior, los caballos ya venían de las cuadras, cada uno guiado por un caballerango.

Lolita vio que Lord Seabrook iba a montar el gran semental que ella había admirado el día anterior.

El caballo destinado para ella era un bayo.

Era un ejemplar muy elegante y a primera vista ella pudo comprobar que también era muy fino.

Detrás de ellos avanzaba un pony.

Simón hizo una exclamación de gusto y corrió hacia el animal.

—¿Cómo pudo su señoría encontrar uno tan pronto? —preguntó Lolita.

Lord Seabrook sonrió.

—Da la casualidad que el dueño de éste me había estado pidiendo que se lo comprara desde hace algún tiempo. El pony ya ha ganado algunos premios por su aspecto, pero ahora su dueño quiere irse al sur y desea que yo me haga cargo de este y otros dos caballos.

—Es justo lo que yo deseaba para Simón —declaró Lolita—. Si hay algo que lo hará olvidar todo lo que ha sufrido eso será tener un pony propio.

—Eso mismo pensé yo —convino Lord Seabrook— y también deberá tener un perro. Si hay algo que evite que un hombre piense en sí mismo, no importa cuál sea su edad, es tener a un animal a quien cuidar.

A Lolita le pareció que aquello era muy inteligente de parte de él.

—Me parece que todo esto es maravilloso —dijo Lolita—, y no sé cómo decirle lo agradecida que le estoy a su señoría.

Lord Seabrook sonrió.

—Habla usted como si Simón fuera su propio hijo —bromeó él.

—Ojalá lo fuera —respondió Lolita—. Espero algún día tener uno ta bueno y tan bien parecido.

Los ojos de Lord Seabrook centellearon cuando la ayudó a subir a la silla del bayo.

Él no le preguntó si podría hacerlo.

Cuando rodeó la cintura de ella con sus manos, Lolita sintió que una sensación desconocida le retorcía todo el cuerpo.

Sin lugar a dudas, no se trataba de la repulsión que había sentido por Murdock Tanner.

Se dijo a sí misma que era porque se sentía un poco apenada.

Simón ya estaba sentado sobre su pony.

Lord Seabrook mostró el camino después de haberse subido a su semental.

Detrás del castillo, había un campo cubierto de hierba y al final de él se veían algunos árboles.

Los tres cabalgaron cruzándolo con paso lento.

El caballerango que guiaba el pony de Simón, casi iba corriendo mientras llevaba las riendas en la mano.

Lolita se mostró encantada al ver que el pequeño se sentía muy a gusto sobre la silla.

Era obvio que no se sentía en lo más mínimo nervioso.

Cuando llegaron al bosque que estaba al final del campo Lolita pudo ver a la distancia.

Al otro lado se extendían más campos.

Lord Seabrook jaló las riendas de su caballo que estaba un tanto inquieto y obviamente muy descansado.

Él mostró el camino a través del bosque y cuando llegaron al campo que estaba al otro lado, dijo a Lolita:

—Le sugiero que soltemos a nuestros caballos, señora Bell. Simón nos puede seguir más despacio o más bien a la velocidad que pueda correr el caballerango que le lleva las riendas.

Lolita sonrió, pues ya había escuchado a Simón decir que deseaba ir más y más aprisa.

—Me parece una idea excelente —respondió ella—. Permítame explicarle a Simón lo que estamos haciendo.

Ella le dio la vuelta a su caballo y expresó:

—Simón, tu tío y yo vamos a galopar con nuestros caballos ya que están muy frescos y lo necesitan. Cuando ya tengas más práctica, entonces tú también podrás galopar con nosotros. Hoy todavía no puedes ir muy aprisa, pero volveremos pronto a reunimos contigo.

—Pero yo quiero ir tan rápido como tú —insistió Simón.

—Estoy segura de que muy pronto irás más rápido todavía —dijo Lolita—, pero antes tienes que conocer bien a tu pony.

—Él me gusta mucho —declaró Simón—, y yo también le caigo bien a él.

—Entonces condúcelo despacio —sugirió Lolita—, y háblale mientras lo haces. Él entenderá lo que tú quieres decirle.

Ella regresó junto a Lord Seabrook y se dio cuenta de que él había escuchado lo que ella le recomendó a Simón.

Él exclamó:

—Veo que sabe usted mucho acerca de los caballos y aún más acerca de los niños pequeños.

—Me parece que todos ellos son encantadores —contestó Lolita— y puedo ver que con el tiempo Simón se va a convertir en un buen jinete.

—Lo que por supuesto me encantaría —repuso Lord Seabrook—. ¿Está lista?

Él le sonrió antes de tocar a su caballo, el cual de inmediato comenzó a galopar.

El caballo de Lolita no se iba a quedar atrás.

En unos pocos segundos estaban corriendo uno contra el otro.

Lolita sabía que él iba a ganar pero estaba decidida a darle la pelea.

El caballo que ella montaba sentía lo mismo.

Cuando después de recorrer un poco más de una milla Lord Seabrook detuvo a su caballo, Lolita venía justo detrás.

—Yo tenía razón —expresó él cuando ella detuvo a su bayo.

—¿Acerca de qué? —preguntó ella.

—Usted no sólo monta de manera excepcional, sino que se ve encantadora cuando lo hace —aseguró él.

Los ojos de Lolita se abrieron un poco por la sorpresa.

Entonces ella rió:

—Es usted muy amable milord —dijo ella—, y sé que muy pocas personas serían tan generosas con una institutriz.

—Permítame decirle —respondió Lord Seabrook— que muy pocas institutrices se ven o montan como usted.

—No creo que su señoría haya conocido a muchas, dado que no tiene hijos propios —comentó Lolita.

—Cuando los tenga —respondió Lord Seabrook— espero que sean como Simón, quien me parece un chiquillo encantador.

—Él es tan diferente —señaló Lolita—, que antes de llegar aquí yo tenía miedo de que milord no fuera a comprender…

—¿Y ahora sí comprendo? —preguntó Lord Seabrook.

—Le estoy muy agradecida —respondió Lolita— y jamás pensé tener la suerte de poder montar a un caballo tan maravilloso como este.

Ella se inclinó hacia delante para acariciar a su montura mientras hablaba.

Mientras la observaba, Lord Seabrook pensó que nadie, a menos que fuera ciego, podría creer ni por un momento que ella en verdad fuera un institutriz.

Ni que siempre hubiera tenido que ganarse la vida.

«Hay algún misterio detrás de todo esto», pensó él. «Tengo que convencerla de que confíe en mí y de que me diga la verdad».

Pero sabía que presionarla era como saltar una cerca antes de tiempo.

Por lo tanto sólo comentó:

—Yo siempre disfruto mucho de montar antes del desayuno porque el aire está todavía fresco y siempre hay algo mágico en un nuevo día.

—Aquí todo es mágico —respondió Lolita—. Ayer, cuando vi el lago por primera vez, pensé que debía de estar soñando.

—A menudo yo he pensado lo mismo —estuvo de acuerdo Lord Seabrook—, y mis antepasados fueron muy inteligentes al haber construido el castillo aquí.

Ambos regresaron para reunirse con Simón.

Se acercaban al castillo desde otra dirección cuando Lolita preguntó:

—¿Qué es ese edificio que se alza un poco al norte y parece más alto que las tierras que lo rodean?

—Ese es el priorato Walcoo. Con excepción del castillo, es el edificio más antiguo del condado. Durante cientos de años fue un priorato de los monjes benedictinos.

Lolita observó que era un edificio muy impresionante que se erguía por encima de las tierras a su alrededor.

Como era tan antiguo, ella estaba segura de que era muy bello si se le veía de cerca.

—¿Quién vive allí? —preguntó Lolita.

—El último conde, con quien murió el título —repuso Lord Seabrook— se lo vendió a un hombre que se había hecho muy rico en el negocio del algodón. Pero se encontró con que la casa era demasiado grande para él y por el momento se encuentra vacía.

—Me interesaría mucho poder verla en alguna ocasión —manifestó Lolita, tratando de hablar de manera casual—. Por supuesto, que yo le hablaré a Simón acerca de los monjes.

—Me parece una buena idea —admitió Lord Seabrook—. El castillo está lleno de historia que él tendrá que aprender tarde o temprano.

—Yo me encargaré de que él disfrute cada palabra —prometió Lolita—. La historia siempre me ha parecido fascinante.

Ellos cabalgaron un rato más y de pronto Lord Seabrook preguntó de manera inesperada:

—¿Ha viajado usted al extranjero alguna vez?

—Sí, por supuesto —respondió Lolita—. He estado en Francia, Grecia e Italia.

Sus padres habían ahorrado todos los años para poder disfrutar de lo que ellos llamaban «una segunda luna de miel en el extranjero».

Cuando se encontraron que ya les resultaba imposible dejarla a ella en casa, la llevaban con ellos.

En las pequeñas pensiones donde se hospedaban siempre había alguien que la cuidara cuando sus padres salían por las noches.

Ella recordaba haber jugado en la playa durante el día.

O quedarse junto a un río mientras que sus padres conversaban entre ellos y de manera muy amorosa, como si acabaran de conocerse.

—Supongo que eso la hace ser todavía más apta para ser una institutriz —dijo Lord Seabrook.

—Hablo el francés bastante bien —hizo saber Lolita—, mi italiano es un tanto espasmódico y en Grecia prefería lo que veía a lo que escuchaba.

Lord Seabrook rió.

—Eso me parece muy honesto —opinó él—. La mayoría de las institutrices hubieran dicho que eran perfeccionistas en todo lo relacionado con esos tres países.

—Quien miente, en realidad no es apto para enseñar a los niños —respondió Lolita.

No se dio cuenta de que los ojos de Lord Seabrook centelleaban una vez más.

De una manera sutil, él estaba tratando de aprender más acerca de ella.

«Si en realidad ella fuera una institutriz, no habría viajado a esos países ya que debió de ser muy joven en aquellos momentos».

Miró a Lolita y una vez más pensó en lo bella que era antes de continuar con sus pensamientos.

«Por lo tanto debió de haber ido con sus padres, quienes podían pagar los gastos que siempre resultan mayores de lo que uno espera».

Pero cuando se encaminaron hacia la casa se dijo a sí mismo que en realidad ahora no sabía mucho más acerca de la señora Bell que aquello que sabía cuando salieron.

«Es lo bastante lista como para no cometer errores en lo que dice», pensó él, «pero al mismo tiempo no se da cuenta de que me está hablando a mí como si fuera mi igual, cosa a la que ninguna institutriz se atrevería».

A Lolita no se le había ocurrido que debía dirigirse a él con mayor distancia.

Como no era penosa le hablaba como le hubiera hablado a cualquier joven a quien hubiera conocido en una casa particular.

Regresaron al castillo.

Lord Seabrook dijo que quería que Simón desayunara con él para poder decirle lo mucho que había disfrutado el paseo.

—Iremos todos al desayunador —dijo él—, y supongo que tú ya habrás pensado en eso, Barty.

—Supuse que milord iba a querer que el joven Simón lo acompañara —respondió el mayordomo con tacto.

Sin pensarlo, Lolita se quitó el sombrero cuando entró en el vestíbulo.

Lo dejó sobre una silla junto con sus guantes de montar.

Se había arreglado los cabellos de manera que la hicieran verse mayor.

Pero con el ejercicio se le habían formado pequeños rizos sobre la frente y las mejillas.

La luz del sol que entraba por las ventanas se reflejaba sobre sus cabellos y los convertía en oro.

Lord Seabrook pensó que era imposible que alguien se viera más bella.

Podría haber sido la diosa Diana bajada del Olimpo para asociarse con los humanos.

Simón estaba hablando acerca de su pony.

—Me gustaría montarlo esta tarde, tío James —dijo él.

—Si así lo deseas —admitió Lord Seabrook—, pero debes preguntarle a la señora Bell qué tiene planeado para ti. Quizá sea un montón de lecciones, por lo que tendrás que sentarte detrás de un escritorio.

Él se estaba burlando y Simón repuso:

—Lolo jamás haría algo tan aburrido y ahora que estamos en el castillo ella tiene muchas historias que contarme acerca de la gente que vivió aquí y las batallas en las que se mostraron tan valientes.

—Estoy seguro de que sí lo fueron —afirmó Lord Seabrook—. Me estaba preguntando si en lugar del castillo te gustaría explorar mi yate.

—¡Un barco! —exclamó Simón—. ¡Eso sería increíble! ¿Puede navegar muy rápido?

—Espero que así te parezca —dijo Lord Seabrook—, pero no tan rápido como tú puedes ir en tu pony.

Simón rió.

—No los podemos hacer competir ya que uno está en el agua y el otro en la tierra.

—Eso es verdad —respondió su tío—, pero al mismo tiempo creo que te gustaría ver las montañas que están al otro lado del lago, así como otras partes de Ullswater que son casi tan bellas como esta.

Mientras hablaba, él se dio cuenta de que Lolita lo estaba escuchando con los ojos muy abiertos.

—Eso suena maravilloso —terció ella—, y estoy segura de que Simón se sentirá encantado de estar en un yate. Él estaba buscando los botes desde que se despertó esta mañana.

—Pues eso es lo que haremos —ofreció Lord Seabrook—, y espero que nuestro otro huésped nos acompañe.

Lo dijo como si se le acabara de ocurrir.

Lolita deseó que Lady Cressington rechazara la invitación.

Pero más tarde se dijo que aquello sería pedir demasiado.

Lady Cressington se quejó de que siempre le habían disgustado los yates, pero después de comer temprano con ellos, por fin aceptó subir a bordo.

Simón estaba tan emocionado ante la idea, que habló con su tío al respecto durante toda la comida.

Lady Cressington parecía muy enfadada porque no estaba recibiendo toda la atención de parte de su señoría.

Era obvio que a Lord Seabrook le complacía responder a las preguntas que le hacía Simón pues eran formuladas con inteligencia.

No le agradó la expresión de resentimiento de Lady Cressington ni la manera como ella trataba continuamente de captar su atención.

Estaba tratando de que él le hablara sólo a ella.

Lolita, quien sabía cuál debía de ser su lugar, habló sólo cuando alguien le dirigía la palabra.

A medida que la comida se fue desarrollando, Lolita comenzó a sentir un poco de ansiedad.

Quizá Lady Cressington lograra captar una vez más la atención de Lord Seabrook, apartándola de Simón.

Todos abandonaron el comedor para prepararse a subir al yate.

Mientras lo hacían, Lolita escuchó a Lady Cressington cuando decía:

—James, yo siempre he pensado que es un error el que los niños vengan al comedor a tomar sus alimentos en lugar de hacerlo en el salón de clases. Eso siempre evita que uno pueda desarrollar una charla más profunda.

—A mí me pareció que la conversación que se llevó a cabo durante la comida fue muy interesante, sobre todo para un niño que aún no cumple los ocho años.

—Me temo que a mí los niños de esa edad me resultan muy aburridos —dijo Lady Cressington—, a menos de que sean los míos.

Miró de lado a Lord Seabrook mientras hablaba.

Aquello le dijo con toda claridad a Lolita que la mujer tenía intenciones de casarse con él.

Eso la preocupó toda la tarde, aun cuando el crucero en el yate resultó fascinante.

La belleza de las montañas era extraordinaria.

Lady Cressington se aferró todo el tiempo al brazo de Lord Seabrook a pesar de que el lago estaba muy tranquilo y el yate avanzaba lentamente.

Actuaba como si tuviera miedo de caerse.

Era obvio que le estaba murmurando cosas íntimas al oído, que no deseaba que nadie más escuchara.

Lolita se mantuvo alejada lo más posible.

Pero disfrutó de estar en el yate casi tanto como Simón.

La nave era del modelo más reciente y había sido una magnífica adquisición.

El capitán y la tripulación se sintieron encantados de recibir invitados a bordo.

Lolita logró que le mostraran los camarotes que estaban amueblados con buen gusto.

Y diseñados de una manera tan bien planeada que Lolita estaba segura de que ningún invitado se sentiría incómodo, aun cuando emprendieran un viaje muy largo.

El camarote principal, que por supuesto era el más grande, tenía todas las comodidades imaginables.

Había un cuarto de baño con una regadera anexa.

Las cortinas y los cubrecamas eran muy bonitos.

El salón, que lucía diversos tonos de verde, había sido decorado a gusto de su dueño.

Lord Seabrook estaba muy interesado en todos los aparatos modernos.

El paseo terminó temprano porque Lady Cressington manifestó que estaba muy cansada.

Fue entonces cuando ella le habló a Lolita por primera vez.

La había ignorado desde la mañana.

Durante la comida y cuando estuvieron a bordo jamás le dijo algo.

Cuando regresaron al castillo, Lord Seabrook llevó a Simón a ver una pintura del yate que le había prometido mostrarle.

Lady Cressington subió los escalones y Lolita la siguió.

Cuando llegó a la parte de arriba, milady se volvió y dijo:

—Me parece del todo innecesario que usted nos acompañe a todas partes, señora Bell. Debe de tener suficiente tacto como para darse cuenta de que su señoría y yo deseamos estar a solas. Si él desea que su sobrino los acompañe, el niño no necesita de un guardaespaldas. En el futuro se quedará usted en el salón de clases, donde debe de estar.

Habló de una manera dura y ofensiva.

Muy diferente de la manera seductora con que se dirigía a Lord Seabrook.

Lolita no respondió.

Lady Cressington hizo girar la cabeza y se dirigió hacia su habitación.

Cuando ella se alejó, Lolita se dio cuenta de que la señora Shepherd las había estado esperando en las sombras.

Ahora, cuando se le acercó, ella dijo:

—No se sienta mal, señora Bell, por lo que milady le haya dicho. Ella siente celos de cualquier persona que le hable a milord. Mal nos va a ir a todos si ella consigue lo que pretende.

Se volvió hacia la escalera que llevaba al salón de clases.

—Supongo que milady se propone casarse con él —dijo Lolita con voz casi inaudible.

—Ella lo va a atrapar de una u otra manera —afirmó la señora Shepherd— y ese será un día muy triste para todos, incluyendo al joven Simón.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Lolita.

—El señor Barty me comentó que anoche, durante la cena, milady insistió, una y otra vez, que los niños estaban mejor y más contentos si se les enviaba a un colegio. Ella recomendó varios a donde Simón podría ir antes de ingresar en Eton.

Lolita se sintió preocupada.

—Yo siempre supe, por lo que me dijo mi padre, que cuando las familias pueden pagarlo los niños siempre tienen profesores particulares en casa antes de ir a Eton o cualquier otra escuela pública.

—Así fue con milord y con el padre de Simón —respondió la señora Shepherd—. Pero algunas personas a quienes no les interesan mucho sus hijos, los envían a internados cuando cumplen ocho años. En mi opinión es demasiado pronto.

—Estoy de acuerdo —dijo Lolita—, y sería un grave error el que Simon tuviera que irse a un colegio antes de recuperarse por completo de la manera como fue tratado por su madrastra.

—Es increíble que alguien se haya podido comportar de la manera como lo hizo ella —dijo la señora Shepherd muy enojada—. A mí ella nunca me gustó y me sorprendió mucho que el señor Rupert se haya casado otra vez, a no ser que se sintiera muy solo.

Ella suspiró antes de continuar:

—La madre del joven Simón era un ángel bajado del cielo y esa mujer atrapó al señor Rupert como milady atrapará a su señoría, a menos de que podamos hacer algo para evitarlo.

Lolita estaba preocupada por Simón.

Ella sabía que por mucho que se estuviera divirtiendo en aquellos momentos, el infierno que había vivido todavía estaba en el fondo de su mente.

Por el momento le sería muy difícil poder adaptarse a un colegio extraño.

—Si me lo pregunta —estaba diciendo la señora Shepherd—, el joven Simón va a encontrar que su tía política es tan mala como lo fue su madrastra.

—¿Por que dice eso? —preguntó Lolita.

—Por la manera como ella trata a la servidumbre —respondió la señora Shepherd.

Para entonces, ya habían llegado al salón de clases.

La señora se sentó en un sillón como si estuviera sin aliento antes de continuar:

—Ella es tan desagradable con su doncella que me sorprende que la mujer no haya renunciado y si la madrastra del joven Simón lo golpeaba, eso mismo va a hacer milady cuando tenga el poder para hacerlo.

—¡Entonces debemos de evitarlo de alguna manera! —exclamó Lolita—. No podemos permitir que eso vuelva a ocurrir. ¡Sería demasiado cruel y perverso!

Mientras hablaba, ella pensó que se llevaría a Simón si veía la menor posibilidad de que eso ocurriera.

No tenía la menor idea de a dónde iría o cómo se sostendrían. No obstante, de alguna manera necesitaba salvarlo.

—No se preocupe demasiado —le estaba diciendo la señora Shepherd. Eso no ha ocurrido aún y si tenemos suerte, su señoría verá la realidad antes de que vaya demasiado lejos. Pero no se equivoque, esa mujer anda tras él y si ella obtiene lo que pretende, significará el adiós para la mayoría de nosotros y sólo Dios sabe qué le ocurrirá a ese niño.

La señora Shepherd miró el reloj y lanzó una exclamación.

—Tengo que ir a ver qué está ocurriendo abajo —manifestó ella—. No se puede confiar en estas doncellas tan jóvenes. Por mucho que se les repitan las cosas, les entra por un oído y les sale por el otro. Todavía seguía hablando cuando salió por la puerta.

Lolita se sentó en una silla. ¿Cómo era posible que Simón hubiera escapado de un infierno para entrar en lo que podría ser otro? «Tengo que salvarlo», pensó ella. «Por favor, Dios mío, él no puede padecer todo eso una vez más».

Entonces, casi como si fuera una respuesta a sus oraciones, sintió que algo le venía a la memoria.

Algo que ella había olvidado por completo y que había ocurrido unos tres meses antes.

Era como si las nubes que rodeaban a las montañas al otro lado del lago se alejaran poco a poco.

Mientras lo hacían, sintió que la memoria regresaba a ella. Era algo que había escuchado, pero que había olvidado hasta aquel momento.